Autonomía e independencia


Autonomía e independencia significan cosas diferentes. La autonomía supone un margen limitado de libertad que en la independencia, en cambio, es absoluto.

De este modo, en la autonomía se goza de cierto grado de independencia y potestad en las acciones y la toma de decisiones.

Autonomía se puede dar a un ente administrativo, bien sea de un municipio, estado, provincia o región, para que este pueda regirse por un conjunto de normas, órganos o instituciones propias.

De autonomía también puede disfrutar un profesional, un equipo de trabajo o un departamento de una empresa que, en determinadas cosas, no depende de nadie ni tiene que rendir cuentas. Por ejemplo: “Como editor, tengo autonomía para decidir qué sacar y qué meter en un libro”.

La independencia, en este sentido, implica un grado de libertad total en relación con la libertad restringida de la autonomía.

En la independencia, como la palabra lo dice, no se depende, se rinde cuentas ni se es tributario de nadie.

La independencia, comparativamente con la autonomía, se traduce en libertad para actuar, decir y decidir. Alguien o algo independiente no tiene por qué subordinarse a nada ni nadie; no tiene por qué acatar órdenes ni aceptar mandatos.

Independencia es también un concepto político aplicado a la soberanía de un Estado para gobernarse, tomar decisiones y aplicar de políticas.

Son independientes, por ejemplo, las naciones americanas que se emanciparon de España durante el siglo XIX.

Así, pues, independencia y autonomía son palabras que, en determinadas ocasiones, pueden usarse como sinónimos, aunque no en todas las situaciones, por cuestiones de precisión o rigurosidad, lo sean.